42.000 euros al año para quitar chicles : Gumpak, Mochilas autónomas para la eliminación de chicles (Distribuidor exclusivo para España y Portugal)

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Diario de Burgos,
26/08/2013

La empresa de limpieza Semat ha comprado un prototipo del nuevo sistema Gumpak para eliminar goma de mascar, que cuesta 4.000 euros por unidad. Funciona con un disolvente a base de extracto de remolacha.

42.000 euros es lo que cuesta limpiar las aceras de chicles cada año, según estima el delegado de los servicios de limpieza de Semat, José Ignacio Arnáiz. Es la dolorosa cantidad que se engloba dentro de una mayor: los 810.046 euros que el Ayuntamiento destinó en 2012 a la limpieza total de calles. Esta última cifra incluye, además de la goma de mascar, el barrido, fregado de la calzada y el borrado de los grafitis.

A ver quién es capaz de cruzar Burgos sin pisar un chicle. Si uno presta atención a las baldosas, los verá. Allí están, por todas partes, como lunares en la piel de un dálmata. Los más antiguos se vuelven negros por la suciedad pero hay otros, más claros, que se nota que están recientes.

«Hemos estrenado un nuevo equipo para limpiar las aceras de chicles. Se trata de la patente alemana Gumpak, que trae un aditivo que deshace el chicle», cuenta el delegado de Semat, José Ignacio Arnáiz.

Tiene el aspecto de una mochila de plástico, de la que sale un tubo con un cepillo. En el interior: dos pequeñas bombonas de butano, un motor de presión y el aditivo milagroso. «Es de agradecer porque antes, nuestro método tradicional era quitarlos con agua a presión. O si no en invierno, cuando el chicle está frío, se quitaba con una espátula y saltaba solo», explica José Ignacio Arnáiz. Ahora, por el contrario, basta con accionar el aplicador y un líquido blanquecino hace desaparecer el chicle.

El secreto de la nueva máquina reside en este disolvente, un producto químico a base de extracto de remolacha mezclado con agua. Es biodegradable, no daña la baldosa y no requiere ni mascarillas ni acordonar la zona.

Uno de los operarios, Víctor Villegas, se cuelga la mochila y recorre la calle quitándolos uno a uno. «Enchufas al chicle durante unos 10 segundos y lo dejas así que se vaya deshaciendo», dice Víctor, mientras pulsa el disparador. El líquido empieza a salir y el chicle se convierte en un cogollo de espuma. Entonces, añade: «Pero claro, ir uno por uno es una tontería, porque nunca terminas». Solo en limpiar la plaza de la Catedral, Víctor ha tardado un mes entero.

De momento, Semat solo tiene uno de estos equipos. Ha costado 4.000 euros, sin contar la reposición del disolvente y de las botellas de gas butano. «Por ahora lo estamos probando», aclara el delegado de Semat. «Ya veremos si compramos más en el futuro».

Habíamos dejado a Víctor Villegas disolviento su chicle. Al cabo de un instante, la goma de mascar ha desaparecido y ha dejado a la vista un impecable círculo blanco. «La baldosa que había debajo siempre está mucho más limpia», cuenta el operario. Al día, Víctor gasta 2 cartuchos de disolvente y 1 botella de butano.

En ese momento, se acerca un camión naranja con el emblema del Ayuntamiento. Otro operario asoma la cabeza por la ventanilla y pisa el freno. Su nombre es Julián Sastre y acaba de llegar para ayudar a su compañero. «Una vez que hemos disuelto los chicles, echamos agua por encima», declara Julián. «Este nuevo equipo está mejor porque no hace ruido ni molesta a la gente».

Adivinen cuáles son las zonas más atestadas de chicle:las puertas de kioscos, tiendas de chucherías y heladerías. Antes de entrar a comprar comestibles, los peatones se sacan el chicle de la boca y lo arrojan al suelo. «Al principio, lo que hacíamos era quitarlos con agua a presión», continúa Julián, con la manguera en la mano. «Pero salpicábamos mucho, los comercios se enfadaban y decían que les manchábamos la puerta… Era mucho peor».

Aunque ahora cuentan con este nuevo método, los dos reconocen que el principal problema se mantiene: es una tarea lentísima.

Si uno atiende a los inicios de la historia de los chicles, comprenderá que el avance ha sido enorme. Antes del agua a presión, el método era todo un espectáculo. La brigada de limpieza cercaba la zona, como con un cordón policial, los operarios bajaban sus viseras y pedían a la gente que se alejase de allí. «Usábamos nitrógeno líquido, muy tóxico. Si te caía una gota en la bota, te la quemaba», asegura Víctor Villegas y no puede contener una carcajada, recordando aquellos días.

PINTADAS EN LA PARED. Julián Sastre recorre las calles con su colección de pastas y desinfectantes. Sigue el rastro de las bandas de grafiteros, eliminando sus «agradables» regalos. No es una tarea barata; la limpieza de pintadas urbanas salió por 386.000 euros en 2012.

«Todo depende de la superficie en la que se haya hecho el grafiti. Si es una pared de mármol, usas una pasta como esta». Julián muestra un cubo lleno de un engrudo color crema. «Cubres la pintada con ella, lo tapas con papel de basura y dejas que actúe durante 3 días antes de retirarla». Mientras habla, despega el papel que protege la pared como una venda en la piel. A continuación, toma una paleta y raspa la superficie, desprendiendo la pasta reseca. No queda ni rastro de la pintada. «La pasta se reutiliza. Y más vale, porque sale muy cara», asegura el operario.

Sobre el metal o el cristal, Julián utiliza toallitas impregnadas en alcohol. El hombre lleva siempre guantes, porque son abrasivas. «La gente hace de todo para manchar las paredes. ¿Ves esa pintada de ahí arriba?». Julián señala el segundo piso de una vivienda. Cualquiera se preguntaría cómo un grafitero puede alcanzar esa altura. La respuesta: «Compran tinta china y la meten en pistolas de agua. Disparan desde la calzada».

La voz de Julián denota cierto hastío. Y no es de extrañar. El sol castiga mientras él limpia lo que otros han ensuciado por descuido o deliberadamente.